Volaban a París, el Presidente y su gabinete estarían presentes en la celebración del Día Nacional de Francia el 14 de julio. Era sábado en la noche, hora de México. Iban todos. Sería una visita como aquella otra, también cuestionada, que hicieron a Londres. Iban como invitados especiales del presidente François Hollande. Si ya había pasado lo de Ayotzinapa y el escándalo de la Casa Blanca, si ya había pasado todo y sin consecuencias, ¿qué podía salir mal?, ¿qué golpe podía recibir el gobierno de Enrique Peña Nieto que le cimbrara el piso otra vez?

A cientos de kilómetros de aquel avión presidencial, en el penal del Altiplano se violaban todos los protocolos que lo hacían un lugar de máxima seguridad. Alguien, no nos han sabido decir, filtró los planos del lugar, porque, sin duda, fueron necesarios para la construcción de aquel túnel por el que no sólo se escaparía el narcotraficante más buscado del mundo, sino también lo que quedaba de un gobierno que ya había dicho que sería imperdonable una segunda fuga de El Chapo. Su captura, en 2014, se había anotado como uno de los golpes más celebrados de un gobierno que parecía caminar fuerte, al que todo le salía bien; 18 meses después, el escape volvería a poner al Estado de capa caída. Otra fractura y ninguna consecuencia.

Miguel Ángel Osorio Chong ya no salía con esa firmeza con la que anunció la detención. No llegó a París, regresó a México cabizbajo a pedir cuentas al gabinete de seguridad. Cinco meses después aún no sabemos qué pasó, hubo más precisión en la construcción del túnel. Y si a Chong se le fundieron los focos del escenario político con la fuga, de plano se le cayó el telón con el caso de Arturo Escobar. Primero, lo instalaron en el despacho de la Prevención y Participación Ciudadana, luego lo persiguen por delitos electorales, después dicen que no lo investigarán, éste dice no saber qué hará para limpiar su imagen y, finalmente, el INE vuelve a multar al PVEM. Pero al mismo tiempo, el titular de la Fepade, Santiago Nieto, quien llevaba el caso de Escobar, se envolvió en el escándalo por sus omisiones en su trayectoria profesional. Un claro conflicto de interés. Y tampoco hubo consecuencia. Hablando de conflicto de interés, Virgilio Andrade entregó los resultados de las investigaciones. Ninguna sorpresa. Aquí no pasó nada.

Es curiosa, y hasta grosera, la frecuencia con la que nos dicen que “aquí no pasa nada”, cuando en realidad ha pasado de todo. Incluso, lo que en Los Pinos creían impensable. En un mensaje dado hace un par de días, Peña Nieto decía que “ha habido logros importantes, al mismo tiempo, a lo mejor deficiencias en algunas acciones…”, una autocrítica sutil, que nos hace pensar que tal vez en 2016 veremos a un gobierno más firme en la toma de decisiones que generen consecuencias en el interior de los integrantes del gabinete, a los que sólo se les suma un escándalo tras otro, una falla tras otra.

El 2015 arrastró los golpes del último semestre de 2014, pero la fuga de Joaquín Guzmán Loera terminó de lastimar a un gobierno que tiene tres años para repuntar, para aprender de las lecciones. Porque sería un total despropósito iniciar 2016 con los pasos en la misma dirección y con el “aquí no pasa nada”. Aunque ha pasado de todo.

Addendum esperanzador. A pesar del terrible escenario global (precios del petróleo por los suelos y el dólar por las nubes), México ha tocado mínimos históricos en lo que a inflación se refiere y ha registrado inversiones históricas en varios rubros. Por lo visto, ya en enero empezaremos a ver bondades de las reformas: por lo pronto, la gasolina bajará 3% en el primer mes de 2016. Seguramente, Luis Videgaray empezará a soltar buenas noticias en este segundo (y último tramo) del sexenio.

Por Yuriria Sierra

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